Es imposible negar que la sociedad tiene un problema con el consumo de plásticos. Un problema que va más allá de las islas de plásticos en medio de los océanos, las tortugas que se enredan en las anillas que envuelven nuestras latas o las gaviotas que mueren por haber ingerido grandes cantidades de tapones, bolsas y otros plásticos que consumimos en nuestra vida diaria.

El problema de este tipo de materiales que tardan años en desaparecer de los ecosistemas marinos y terrestres tiene una base mucho más cercana y visible. El problema de los plásticos empieza cuando acudes a tu supermercado de referencia a comprar o al bar más cercano a por un refresco, el problema es la cultura de usar y tirar.

Los alimentos y bebidas que consumimos, así como otros productos como aparatos electrónicos, productos de limpieza o de higiene personal, se comercializan en envases o envoltorios de plástico que acabarán en la basura horas después de su adquisición. Para acabar con esta cultura de usar y tirar es necesario volver a la forma de consumir que tenían nuestros abuelos o bisabuelos, y caminar hacia el residuo cero. Porque no hay mejor residuo que el residuo no generado.

Volver a comprar como lo hacían nuestros abuelos

Seguro que ni siquiera sabíais que vuestros abuelos eran más #zerowaste de lo que muchos pueden decir en la actualidad. Llevaban sus propias bolsas de tela y recipientes a las tiendas para guardar y almacenar los productos que compraban cada día reduciendo al mínimo el número de residuos generados. Para obtener productos líquidos como la leche llevaban sus propias botellas reutilizables y para consumir productos procesados como zumos o batidos, aún eran más #zerowaste, lo preparaban ellos mismos en sus hogares.

Muchos de ellos, tenían sus propios huertos reduciendo el ciclo de consumo y pudiendo llevar una alimentación parcialmente autosuficiente. También conseguían reducir al mínimo los desperdicios alimentarios producidos, practicando la cocina de aprovechamiento o fabricando su propio adobo a base de residuos orgánicos.

Al no llevar plásticos ni ningún sistema de “packaging” la mayoría de alimentos que compraban nuestros abuelos eran mucho más saludables, dado que el riesgo de ingesta de micro-plásticos era inexistente, y más baratos, dado que se eliminan gran parte de los costes de embalaje del producto.

¿Qué puedo hacer yo?

Como consumidores podemos elegir qué productos queremos adquirir y qué estándares vamos a seguir a la hora de elegir las marcas vamos a comprar. Podemos decidir ser precavidos y llevarnos botellas de agua reutilizables al Instituto o tuppers reutilizables para evitar el desperdicio alimentario en restaurantes y demás comercios.

Porque la forma en la que consumimos también contribuye a hacer frente al cambio climático. Y es que el desperdicio, el reciclaje o la ausencia de este, también generan emisiones de CO2. Estas emisiones se liberan en nuestra atmosfera incrementando la temperatura del planeta y provocando el calentamiento global. La temperatura se eleva a niveles insostenibles para la futura supervivencia de la Tierra.

Por otra parte, realizar acciones como reutilizar o reducir el consumo de productos envasados, ya sean alimentos u otros productos de primera necesidad, o reducir el desperdicio o los residuos generados en tu vida diaria, evita la emisión de grandes cantidades de CO2 a la atmosfera.

Cuando te decides a introducir cambios de este tipo en tu día a día puedes conseguir reducir una gran parte de tu huella de carbono, es decir, del total de las emisiones que generas día a día a través de tus acciones.

¿Qué es la huella de carbono?

 La huella de carbono es un indicador que nos ayuda a conocer la totalidad de Gases de Efecto Invernadero (GEI) que produce nuestra existencia y nuestra actividad diaria. Conociendo cuál es nuestra huella de carbono y qué la produce, podemos ser capaces de reducirla y de esta forma, estaremos ayudando a combatir el cambio climático.

Las acciones y cambios que tomamos en nuestra vida diaria, aunque puedan parecer insignificantes para ayudar a combatir un problema mundial, marcan la diferencia si logran convertirse en una tendencia colectiva.

Equivalencias de nuestras acciones #zerowaste en emisiones

La comunidad internacional alerta de que cada ciudadano de la Unión Europea emite una media de 8.400 kg de CO2 al año. En España la media de 2019 sitúa la cifra en 7.600 kg de toneladas de CO2 al año. El nivel de emisiones GEI que está produciendo el ser humano en la actualidad equivale a consumir todos los recursos de 11 planetas.

Aunque la huella de carbono de los ciudadanos españoles esté por debajo de la media europea, la comunidad científica asegura que para conseguir mitigar el cambio climático y para la supervivencia del planeta, nuestra media anual de emisiones debería ser de 600 kilos anuales por habitante. Hay mucho trabajo y cambios por hacer para conseguirlo.

Cambios ZEO: Cambiar nuestras prácticas diarias para ser cero emisiones

Existen algunos cambios que podemos tomar, como por ejemplo, ir al instituto en transporte público en vez de en coche privado, que pueden suponer una gran reducción en el número de emisiones anuales. Aún así, las pequeñas acciones vinculadas al consumo, cuando las sumas, también tienen un gran efecto a la hora de reducir nuestra huella de carbono.

1.Reciclar

Por cada kg de plástico que se fabrica desde cero, se emiten unos 3,5 kg de CO2 a la atmosfera, mientras que para producir un kg de plástico reciclado se emiten 1,7kg de CO2.

Es por eso que, cuando el consumo de plásticos es inevitable, es tan importante realizar un correcto reciclado de los residuos. Al evitar la primera fase del proceso de producción, la que se realiza en la refinería, reducimos la huella de carbono un 49%. Y es que según el informe del Centro Internacional de Ley Ambiental, en la actualidad la producción de plástico supone el 3,8% de las emisiones mundiales de carbono y se calcula que para el año 2050 va a ser responsable del 13% de ellas.

Según datos de la Cumbre del Clima del Reciclaje cada año evitamos la emisión de 700 millones de toneladas de CO2 en el mundo gracias a esta actividad.

2.Residuo cero

Aunque reciclar es una medida necesaria y positiva para el medio ambiente que puede ayudar significativamente a reducir el nivel de emisiones existente en la atmosfera, muchas entidades ecologistas han denunciado que casi 80% de los envases acaban en vertederos, incinerado o arrojados al medio ambiente.

En algunos países el ciclo del reciclado no se puede realizar correctamente, bien por falta de recursos técnicos, por falta de un sistema de gestión de residuos óptimo o bien por falta de voluntad política. Por eso es tan importante el concepto residuo cero o zerowaste, porque como hemos comentado antes, no hay mejor residuo que el residuo no generado.

Teniendo en cuenta que fabricar dos kilos de plástico tiene una huella de carbono mayor, que la generadas por el uso de un coche de gasolina durante 40 kilómetros (6,4 kg de CO2), ¿cuántas emisiones de CO2 podríamos reducir si no consumiésemos plástico a lo largo de todo un año?

Según un informe de The Globalist en EEUU y Europa occidental consumimos una media de 100 kilos al año de plástico por persona. Por lo tanto, haciendo un cálculo aproximado, si eliminamos o reducimos al mínimo el consumo de plásticos podemos ser capaces de reducir hasta 350 kg de CO2, un 4,6% de nuestra huella de carbono.

7.600 kg CO2 – 350 kg CO2 = 7.250 kg de CO2 al año

3. Consumo de proximidad

Aunque parezca una acción mínima, evitando la compra de productos del otro lado del océano atlántico como carnes o frutas y verduras exóticas y apostando por los productos con certificado km0 o de comercio de proximidad, podemos reducir nuestra huella de carbono de forma significativa. Según el Observatori de Canvi Climàtic de Valencia, practicando el consumo de proximidad y de temporada podemos evitar la emisión anual de 300 kg de CO2.

Y es que en los productos que se distribuyen masivamente en las cadenas de supermercados, además de la huella de carbono vinculada al procesamiento y el empaquetado también cuentan con una elevada huella de carbono vinculada al transporte. Un estudio realizado por la entidad Carbon Footprint Ltd calculó las emisiones de CO2 que se habían generado para que tengamos en nuestra nevera un paquete de aguacates de Perú, Chile o Sudáfrica.

Para que nosotros podamos consumir dos aguacates se han generado 846,36 gramos de CO2, casi el doble del tamaño de un kilo de plátanos de Canarias. Si, por ejemplo, consumimos una bandeja de aguacates cada dos semanas y un año tiene una media de 50 semanas, estaríamos provocando la innecesaria emisión de 21,1 kg de CO2 anuales.

El comercio de proximidad, sea cual sea el producto, además de ayudar a fortalecer la economía local, supone una reducción significativa de nuestra huella de carbono dado que se eliminan las emisiones derivadas del transporte. Un informe de Amigos de la Tierra ya alertó que en 2011 España importó 23,486 millones de toneladas de alimentos que tuvieron que recorrer una media de 3.827 km y emitieron 4.212 millones de toneladas de CO2

7.600 kg CO2 – 350 kg CO2 – 300 kg = 6.950 kg de CO2 al año

4. Desperdicio alimentario

El desperdicio alimentario es responsable del 8% de las emisiones GEI que provocan el cambio climático. El desperdicio alimentario genera una huella de carbono que contribuye al cambio climático y que se podría evitar.

Cada año desperdiciamos el 20% de la comida que producimos, algo que además supone una pérdida económica de 143 billones de euros según recoge la Unión Europea.

Existen múltiples formas de luchar contra el desperdicio según la fase de la cadena alimentaria donde nos encontremos y dependiendo de cuáles sean nuestras condiciones. Según el Observatori de Canvi Climàtic de Valencia el desperdicio alimentario puede llegar a evitar la emisión de hasta 500 kg de CO2 por persona al año.

Uno de los mayores problemas es que solamente un porcentaje muy bajo de alimentos orgánicos que lanzamos a la basura es compostado. Por eso es importante establecer estrategias de aprovechamiento como vigilar las fechas de caducidad, congelar los alimentos que están a punto de caducar o aprovechar sobras alimentarias para generar nuevos platos a través de “cocina de aprovechamiento”.

Únicamente con el compostaje en casa, con la instalación de una pequeña compostadora en nuestro jardín o balcón, podemos desviar potencialmente hasta 150 kg de residuos orgánicos al año por hogar.

También podemos reducir de forma significativa las emisiones de CO2 vinculadas al desperdicio alimentario a través de acciones dirigidas a comercios y restaurantes. Por ejemplo, con la APP “Too Good to Go” puedes salvar packs de comida, bollería o pan a precios reducidos y puedes llegar a evitar la emisión equivalente del CO2 que emite un coche tras recorrer 7,9 km.

Por cada pack de comida salvado, Too Good to Go calcula que se ha conseguido evitar la emisión de 2,5 kg de CO2 y que 1 kg de comida acabe en la basura.

7.600 kg CO2 – 300 kg CO2 – 300 kg – 500 kg = 6.500

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