En las últimas décadas, el consumo de carne ha aumentado de forma masiva. Lo que hace poco más de un siglo estaba considerado una proteína alimentaria de las clases adineradas, ahora está presente en nuestros desayunos, comidas y cenas a diario.

Actualmente consumimos productos de origen animal casi a diario. Se trata de un hábito alimentario que no solamente pone en riesgo la salud de las personas, sino que contribuye de forma importante a uno de los mayores problemas de nuestro siglo: el cambio climático.

Los últimos datos de la FAO publicados en el informe “La lucha contra el cambio climático a través de la ganadería”, indican que el 14,5% de las emisiones GEI (Gases de Efecto Invernadero) globales proceden directamente de la ganadería. Cada año, nuestra demanda de carne está generando alrededor de 7 gigatoneladas de CO2-equivalente.

Además, debemos tener en cuenta que el todo el sistema alimentario, con la cría de ganado para el consumo incluido, es responsable del 30% de las emisiones mundiales GEI según los estudios.

La huella de carbono de la ganadería intensiva es equivalente a la de todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos

Según Greenpeace, la ganadería intensiva genera tantos gases de efecto invernadero como todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos. El ganado bovino, utilizado para la producción de carne y leche, así como para la generación de estiércol o como fuerza de tiro, es la especie animal responsable de la mayor parte de las emisiones, representando alrededor del 65% de las emisiones del sector ganadero.

Cuando todos estos datos empezaron a salir a la luz, una sociedad cada vez más concienciada con el cambio climático y la salud del Planeta que les rodea, empezó a cuestionarse su propio consumo de carne y a reducirla en su dieta.

La publicación de informes sobre la toxicidad de la carne debido al uso de químicos y las denuncias de abuso y maltrato animal por parte de colectivos animalistas, también han contribuido a este abandono progresivo de la carne en los hogares.

Mientras que algunas personas han apostado por el abandono definitivo de la carne, apostando por el veganismo, otras prefieren el vegetarianismo o la dieta flexitariana, en la que se limita drásticamente el consumo de carne, a menos que la situación lo requiera -comida de trabajo, invitación a casa de unos amigos, etc-.

Según el estudio “Green Revolution” de la consultora Lantern, en 2019 un 35% de la población española había reducido o eliminado su consumo de carne roja. Además, un 22,8% de la comunidad flexitariana sigue una dieta con un nivel mínimo de carne sólo por motivos medioambientales.

La dieta flexitariana, también llamada “plant-based”, es mucho más flexible que la vegetariana y la vegana. Según la Harvard Medical School este tipo de alimentación está basada en el consumo de productos de origen vegetal, como frutas, verduras, granos enteros, frutos secos, semillas y legumbres.

Esta modalidad alimentaria no prohíbe el consumo de carne y de lácteos. Simplemente, impulsa a las personas a elegir de manera proporcional más alimentos de origen vegetal. La ingesta de grasas y proteínas animales, se debe limitar a cantidades pequeñas y en días concretos de la semana.

La dieta “plant-based” se asemeja a otras como la Real Fooding, cuyo objetivo es apostar por la alimentación real libre de procesados, o la dieta sostenible avalada por la FAO, la ONU y diversas ONG.

En el caso de la dieta sostenible, la filosofía va mucho más allá de reducir el consumo de carne o evitar los productos procesados que tienen una huella de carbono mayor que los alimentos naturales. En la dieta sostenible se valoran otros aspectos como la procedencia del alimento, su packaging, si la marca está comprometida con el Planeta, si procede de la agricultura ecológica, etc.

Llevar una dieta sostenible podría reducir hasta un 26% las emisiones GEI en España

Tal y como Amigos de la Tierra alertó durante el pasado Dia Mundial de la Alimentación, llevar este tipo de dieta podría reducir las emisiones en carbono en España hasta un 26%. Adoptar una dieta sostenible nos brinda la oportunidad de reducir las emisiones del sistema alimentario, disminuir sus posibles efectos adversos en la Salud y ahorrar en nuestra factura alimentaria mensual.

Pese a todas estas consecuencias beneficiosas que supone abandonar el consumo de carne en nuestra dieta y apostar por un estilo de vida “plant based”, no todo el mundo esta dispuesto a renunciar a este alimento.

La sociedad estadounidense puso “el grito en el cielo” al creer que su consumo de carne podría ser limitado

Las últimas semanas, EEUU ha vivido una auténtica ola de quejas debido a un posible veto a la carne en el país. Se trata de un bulo, una información falsa que ha puesto patas arriba las Redes Sociales del país, desenmascarando la poca predisposición de los estadounidenses, para renunciar al consumo de carne.

El llamado “Plan Climático de Biden” tenía el objetivo de limitar el consumo de carne a 1,8 kilos al año por persona, es decir, a unos cinco gramos diarios. Sin duda, una cifra que ahora mismo puede parecer inverosímil para los ciudadanos americanos que actualmente consumen una media de 100 kg de carne al año – en el caso de los españoles, la cifra ronda los 50 kg anuales-.

Estas cifras superan de forma alarmante las recomendaciones de la OMS y son incompatibles con la lucha contra el cambio climático. Especialmente si tenemos en cuenta que, en EEUU, cada 19 segundos desaparece una hectárea de bosque –gran sumidero de CO2 y productor de oxígeno-, y se transforma en zona de pasto para ganadería intensiva. Además de que para producir un solo quilo de carne son necesarios hasta 17 kilos de cereales. Y un dato más: La cantidad de selva perdida por una sola hamburguesa de carne es de 5,12 m2.

Por su parte, la ONU aun no ha prohibido el consumo de carne, únicamente ha alertado de que reducirlo es clave para lograr cumplir con los objetivos del Acuerdo de París 2015. Además, el IPCC ha asegurado en su informe El cambio Climático y la Tierra publicado en 2019, que “debemos apostar por los alimentos de origen animal producidos en sistemas sostenibles de bajas emisiones de gases de efecto invernadero”.

¿Cuáles son los inconvenientes de la dieta Plant Based?

El gran enemigo para la adopción de la dieta vegetariana o flexitariana siempre ha sido la creencia popular de que aquellas personas que prescinden de la carne no logran el suficiente aporte proteico para su organismo.

Valor nutricional

En este sentido, existen discrepancias entre si la dieta libre de productos de origen animal es saludable o no para el organismo. Analizando diferentes referencias bibliográficas, existe consenso en el hecho de que, para lograr una correcta nutrición, las personas veganas, vegetarianas o flexitarianas deben tomar suplementos de vitamina B12, calcio, hierro y zinc.

En concreto, la vitamina B12 es un compuesto que sólo se encuentra en cantidades sustanciales en alimentos de origen animal. Los expertos recomiendan tener un elevado conocimiento de las consideraciones nutricionales para poder llevar una dieta vegetariana sin déficits.

Por otra parte, los expertos relacionan las dietas Plant Based con una menor incidencia de DM2 (diabetes tipo 2), obesidad, cáncer y enfermedades cardiovasculares.

Agricultura intensiva

Aunque es evidente que la ganadería produce un impacto más negativo para el medio ambiente que la Agricultura, para satisfacer las demandas de una sociedad Plant Based, se debería aumentar de forma considerable el número de cultivos y producción de frutas, vegetales y hortalizas.

Se tendría que evaluar la huella ecológica que podría suponer esta transformación. Debemos tener en cuenta que las grandes explotaciones agrícolas, también tienen un impacto negativo en los ecosistemas.

La práctica intensiva convencional genera una elevada huella de carbono

Por una parte, el uso de fertilizantes y pesticidas contamina el suelo y los alimentos, afectando directamente en la salud. Mientras que, por la otra, una práctica agrícola intensiva convencional requiere de grandes dosis de energía y agua para el cultivo.

En este sentido, es importante tener en cuenta que, si tenemos que hacer frente a una creciente demanda de alimentación vegetal, se deben activar planes y estrategias para hacerlo de forma sostenible. La agricultura a pequeña escala, ecológica y de proximidad, beneficia al comercio local y es mucho más positiva para el Planeta y nuestra Salud.

Algunos estudios previos han demostrado que la agricultura ecológica puede incluso ayudarnos a reducir las emisiones GEI que provocan el cambio climático. Un ejemplo de ello es el proyecto ‘LIFE Agromitiga – Development of climate change mitigation strategies through carbon smart agriculture’ coordinado por la Asociación Española de Agricultura de Conservación, que pretende demostrar el potencial de mitigación que presenta la agricultura sostenible.

A través de una red de 35 fincas repartidas entre 5 zonas definidas, se pretende analizar el potencial de captura de CO2 de este tipo de agricultura. Además, se trabaja en estudiar la “Agricultura de precisión”, que trata de aprovechar las nuevas tecnologías para controlar la producción agrícola y reducir al máximo su impacto en el medio ambiente.

Procedencia de los alimentos

Cuando se empezó a popularizar la dieta Realfooding en España de la mano de Carlos Ríos en 2019, se apostaba por reducir el consumo de carne y consumir productos “reales”. Uno de los alimentos estrella de esta nueva forma de alimentación fue el aguacate, una fruta que se cultiva mayoritariamente en América Latina debido a que requiere de un clima tropical para su floración.

Aunque ahora el producto también se cultiva en España, en Comunidades Autónomas como Islas Canarias o Andalucía, por aquel entonces los suministros de aguacate provenían de Perú.

Enviar dos aguacates de Perú a España genera alrededor de 1 kg de CO2

Por lo tanto, cuando creció la demanda, se aumentó masivamente el envío de este producto y se generó una nueva huella de carbono totalmente innecesaria. Por cada dos aguacates consumidos en España provenientes de Sur de América se generan 846 gramos de CO2, casi el doble del generado por un kilo de plátanos de Canarias.

Como sucede con los aguacates, existen decenas de vegetales, frutas y hortalizas que provienen de la otra parte del mundo y que en la mayoría de ocasiones podemos producir y cultivar en España gracias al clima Mediterráneo.

Si nos sumamos a una dieta “Plant Based” deberemos tener en cuenta también la procedencia de los alimentos.

Nuestro sistema alimentario se ve constantemente afectado por el clima. Mientras que la forma en cómo nos alimentamos, también contribuye al cambio climático. Como consumidores conscientes y comprometidos con la lucha climática, es importante empezar a tener en cuenta criterios ecológicos a la hora de comprar y seguir nuestra dieta.

Si bien la necesidad de reducir el consumo de carne es evidente, en la dieta “Plant Based” no todo vale. Es importante tener en cuenta la procedencia de los alimentos, bajo qué tipo de agricultura se han cultivado, la huella de carbono generada durante su producción, etc.

Además, se deben trabajar en nuevos mecanismos de cultivo y sistemas alimentarios que impulsen la transición ecológica y, al mismo tiempo, ayuden a poner fin a otro de los grandes retos a los que se enfrenta la humanidad: el hambre en el mundo.  

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